
El Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, desde su creación, se ha impuesto que una de sus principales metas sea la difusión de numerosas disciplinas estéticas que hasta hace pocos años eran consideradas artes menores. Es el caso, por ejemplo, de la fotografía y muy especialmente de la cerámica y las artes del fuego. En este sentido nos hemos preocupado por reseñar a nuestros principales ceramistas, habiendo realizado exposiciones de gran magnitud como el recordado Taller de Cerámica y muestras individuales de artistas como Seka, Noemí Márquez, Cristina Merchán y asimismo a la pionera de la cerámica en Venezuela: María Luisa Tovar. Por lo demás, nuestro país cuenta con excelentes ceramistas y en este campo hemos obtenido numerosos reconocimientos internacionales.
Hoy nos complace presentar un trabajo que es el resultado de gran rigor y a la vez sensibilidad creativa y talento. En efecto, Gisela Tello ha logrado consolidar su obra, cuya sencillez y elegancia formal van unidas a un rico y complejo trabajo cromático obtenido a través del tratamiento de los esmaltes. Conozco su desarrollo desde los inicios, cuando se formaba con María Luisa Tovar y presentaba obras en las exposiciones colectivas y bienales. Desde entonces, Gisela ha recorrido un hermoso camino y madurado en su labor, una labor que nos dice que debemos eliminar el prejuicio de considerar la cerámica como una disciplina estrictamente utilitaria e incorporarla al vocabulario e idioma del arte contemporáneo.
Sofía Imber
Director
La cerámica de Gisela Tello
Juan Calzadilla
“Frente a la cerámica, los creadores suelen incurrir en dos posiciones que se sitúan en los extremos de un mismo horizonte técnico. Una es sostenida por los que consideran que, habiendo perdido la finalidad utilitaria que tuvo en el pasado, la cerámica puede cumplir en la vida contemporánea rol de objeto de arte sin tener que renunciar a las formas heredadas de una tradición milenaria. Estos son los ceramistas u ortodoxos. En el extremo opuesto están los que, tomando las técnicas como medios, legitiman la libertad que se conceden como artistas para imprimirles caracteres pedidos en préstamo de otros lenguajes y, en particular, de la escultura, cuyo terreno terminan invadiendo. Ni unos ni otros, en esos dos polos de la disyuntiva, hacen arte solo porque se lo propongan. No siempre puede admitirse como argumento decir que la obra de arte es lo que es, más por lo que se dice acerca de ella que por lo que ella misma es. Al menos no en la cerámica. En ésta, por ejemplo, la técnica está inextricablemente asociada a lo que esa técnica representa para el resultado obtenido con ella. En otras palabras, en la cerámica hablamos de resultados, no de procesos. De tal manera que, a diferencia de lo que ocurre en la pintura, el concepto artístico no es independiente de los procedimientos técnicos, sino que cristaliza con estos en formas únicas e irrepetibles. Tal es, en lo esencial, una definición de la cerámica.
La obra de Gisela Tello se inscribe sutilmente en el campo de la cerámica virtual. Decimos “sutilmente” para referirnos a lo que, visto con mayor profundidad, desvía nuestra atención desde la inmediatez de la forma cerámica hacia una especie de atmósfera fantástica. No obstante su insistencia en encubrir su reflexión con una declaración de lealtad a una tradición de la cual ella vendría a ser un último y depurado eslabón, el significado de la obra de Gisela Tello no se encuentra solo en su relación con lo que toma de la tradición, sino también con los descubrimientos que aporta. Como a un universo de signos, no accedemos a ella si antes no conocemos el secreto cuyas claves están en la obra misma.
Pero antes es necesario vencer la resistencia que, de entrada, Gisela Tello pone para entender su obra en una dimensión imaginaria. A este respecto ha dicho: "Me acerco a la cerámica atraída por la opción tradicional. Por eso mi lenguaje visual pertenece a la cerámica de formas convencionales". En efecto, Gisela Tello no se siente tentada a crear formas nuevas, ni este es su propósito. Se limita a elaborar variantes alternas que fluctúan entre las formas esférica y ovoide. Formas progresivas o seriales que, sin rechazarlo, legitiman el prototipo de vasija globular cuyo volumen circunscribe como un enunciado la cavidad interna que fluye hacia el exterior por una frágil y minúscula apertura en forma de pico, situada en el borde superior. El vacío interior está como presentido detrás de la pared opaca del cuerpo cerámico, enquistado al recuerdo de la función. "Dedico especial cuidado a la forma, a la armonía de las líneas que completan el volumen", agrega ella. Para Gisela Tello la cerámica expresa el equilibrio de los valores que entran en juego y cuyo soporte se encuentra en el volumen racional; a ambos lados de éste la masa portante se dispone simétricamente alrededor de una vertical imaginaria determinada por el eje de rotación del torno. El volumen es el espacio físico donde el color del esmalte y la textura interactúan con la forma para constituir con éstas un todo donde los demás valores se funden: brillo, opacidad, luz, pesantez, equilibrio, densidad, etc.
Lo dicho hasta podría tomarse como una descripción superficial de la cerámica de Gisela Tello considerada desde una perspectiva formal. En este punto conviene tener en cuenta lo que ella misma solicita de nosotros, una mirada más atenta: “No quiero que la lectura de la obra termine allí; con las variaciones de color y luz que me permite el uso del esmalte se mantiene la posibilidad de sugerencias y descubrimientos incesantes”. Lo que interesa precisar es aquello que posibilita el descubrimiento, es decir, su aspecto innovatorio. Gisela Tello se vale de la forma tradicional para introducir en su obra principios que proceden de otros lenguajes o que, eran inéditos para la cerámica. Uno es el equilibrio dinámico que le permite romper la estática de la cerámica convencional. En ésta la masa se hace descansar en la base de la pieza, tal como se aprecia en un vaso o en un bol. Las fuerzas empujan hacia abajo y tiende a dominar la sensación de pesantez, porque así lo exige el concepto funcional de la cerámica. Gisela Tello procura atribuirle un movimiento ascendente al volumen por el cual la base se adelgaza hasta dar la impresión, contraria a la noción de envase, de que la pieza se elevara, ingrávida. Se trata de configurar lo inexistente. Efecto de un globo denso, lo aerostático domina ahora en la relación de valor. La velocidad de rotación del torno ha quedado impresa en las superficies: “aparecen nubes, cúmulos, atmósferas de planetas desconocidos —nos ilustra ella— girando en movimiento permanente o la verde vegetación como recuerdo de nuestra selva tropical”. La impresión giratoria es subrayada por la textura y el color, opacidades, brillos y transparencias adheridas como una atmósfera a unas regiones ecuatoriales, allí donde un parentesco simbólico nos recrea cuerpos astrales. Sin embargo, cuando se les observa de cerca, se aprecia que estos objetos son ante todo cerámicas, cualidad que nunca pierden.
El eje gravitacional de cada pieza tiene por ápice no una boca sino un símil mínimo de ésta, especie de ojo del volcán por donde ya no salen los vapores agrestes de la cocción. Esos orificios tensos en el horizonte curvo de la obra defienden por última vez el recuerdo de la función y por ellos parecieran anunciar un magma interior que permanece en silencio, como la obra y todo el sistema de formas. La proporción monumental que se mantiene en la relación entre la masa y el minúsculo orificio de boca nos reconcilia con la ficción. Monumentalidad con la cual se obtiene, en los volúmenes, un efecto de profundidad espacial de las superficies casi como si, junto con el movimiento de rotación, observáramos desde un punto lejano los continentes y mares de un planeta. Esta entidad remota y móvil en que se ha transformado la cerámica de Gisela Tello no alcanzaría tal grado de sugestión de lo poético si el símil establecido no se asociara a esa monumentalidad que inserta en la superficie de cada pieza un agujero mínimo destinado a materializar la imagen de esa función progenitora que está en el origen de toda cerámica: El hecho de que, antes que objeto de arte, ésta fue un común y corriente envase. Ese boquete mínimo, cual ombligo superior de la conciencia, es el centro de la composición, principio y techo del lenguaje de Gisela Tello. Desde allí, arrastrándonos a la serenidad del vértigo que su movimiento quieto suscita, y en el que crece todo silencio, nos habla el Verbo.”
Since its inception, the Museum of Contemporary Art in Caracas has set itself one of its main goals as the dissemination of numerous aesthetic disciplines that, until a few years ago, were considered minor arts. This is the case, for example, with photography and especially with ceramics and fire arts. In this sense, we have made it a point to review our main ceramists, having held exhibitions of great magnitude like the memorable Ceramic Workshop and individual showcases of artists such as Seka, Noemí Márquez, Cristina Merchán, and also the pioneer of ceramics in Venezuela: María Luisa Tovar. Moreover, our country boasts excellent ceramists, and in this field, we have received numerous international recognitions.
Today we are pleased to present a work that is the result of great rigor and at the same time creative sensitivity and talent. Indeed, Gisela Tello has managed to consolidate her work, whose simplicity and formal elegance are united with a rich and complex chromatic work obtained through the treatment of glazes. I have known her development from the beginning, when she was trained by María Luisa Tovar and presented works in collective exhibitions and biennials. Since then, Gisela has traveled a beautiful path and matured in her work, a work that tells us we must eliminate the prejudice of considering ceramics as a strictly utilitarian discipline and incorporate it into the vocabulary and language of contemporary art.
Sofía Imber
Director
Gisela Tello's Ceramics
Juan Calzadilla
“In the realm of ceramics, creators often fall into two positions that sit at the extremes of the same technical horizon. One is held by those who believe that, having lost the utilitarian purpose it had in the past, ceramics can fulfill the role of an art object in contemporary life without having to renounce the forms inherited from a millennial tradition. These are the ceramists or orthodox. At the opposite extreme are those who, taking techniques as means, legitimize the freedom they grant themselves as artists to imprint characteristics borrowed from other languages and, in particular, from sculpture, whose terrain they end up invading. Neither one nor the other, at those two poles of the dilemma, make art just because they propose to do so. It cannot always be admitted as an argument to say that the work of art is what it is, more for what is said about it than for what it is itself. At least not in ceramics. In this, for example, the technique is inextricably linked to what that technique represents for the result obtained with it. In other words, in ceramics, we talk about results, not processes. Thus, unlike what happens in painting, the artistic concept is not independent of technical procedures, but crystallizes with them into unique and unrepeatable forms. This is, essentially, a definition of what ceramic art could be.
Gisela Tello's work subtly falls within the field of virtual ceramics. We say "subtly" to refer to what, seen in greater depth, diverts our attention from the immediacy of the ceramic form to a kind of fantastic atmosphere. Despite her insistence on cloaking her reflection with a declaration of loyalty to a tradition of which she would be a last and refined link, the meaning of Gisela Tello's work is not found solely in its relationship with what it takes from tradition, but also with the discoveries it contributes. Like a universe of signs, we do not access it if we do not first know the secret whose keys are in the work itself.
But first, it is necessary to overcome the resistance that Gisela Tello initially puts up to understand her work in an imaginary dimension. In this regard, she has said: "I approach ceramics attracted by the traditional option. That's why my visual language belongs to the ceramics of conventional forms." Indeed, Gisela Tello is not tempted to create new forms, nor is this her purpose. She limits herself to developing alternate variants that fluctuate between spherical and ovoid forms. Progressive or serial forms that, without renouncing, legitimize the prototype of the globular vessel whose volume circumscribes as a statement the internal cavity that flows outward through a fragile and tiny opening in the form of a spout, located at the upper edge. The interior void is as if foreseen behind the opaque wall of the ceramic body, enshrined in the memory of function. "I pay special attention to form, to the harmony of the lines that complete the volume," she adds. For Gisela Tello, ceramics express the balance of values that come into play, whose support is found in the rational volume itself; on both sides of this, the supporting mass is symmetrically arranged around an imaginary vertical determined by the axis of rotation of the lathe. The volume is the physical space where the color of the glaze and texture interact with the form to constitute with them a whole where the other values blend: shine, opacity, light, heaviness, balance, density, etc.
What has been said so far could be taken as a superficial description of Gisela Tello's ceramics considered from a formal perspective. At this point, it is worth heeding what she herself asks of us, a more attentive look: "I do not want the reading of the work to end there; with the variations of color and light that the use of glaze allows me, the possibility of incessant suggestions and discoveries remains." What is important to specify is that which enables discovery, that is, its innovative aspect. Gisela Tello uses the traditional form to introduce principles in her work that come from other languages or that were unprecedented for ceramics. One is the dynamic balance that allows her to break the static nature of conventional ceramics. In these, the mass rests on the base of the piece, as seen in a vase or a bowl. The forces push downward and tend to dominate the sensation of heaviness because that is what the functional concept of ceramics demands. Gisela Tello seeks to attribute an upward movement to the volume by which the base thins until it gives the impression, contrary to the notion of a container, that the piece is lifting, weightless. It is about configuring the non-existent. The effect of a dense balloon, the aerostatic now dominates in the value relationship. The speed of rotation of the lathe has been imprinted on the surfaces: "clouds appear, cumulus clouds, atmospheres of unknown planets —she illustrates for us— spinning in permanent movement or the green vegetation as a reminder of our tropical jungle." The rotational impression is underscored by the texture and color, opacities, shines, and transparencies adhered like an atmosphere to equatorial regions, where a symbolic kinship recreates celestial bodies. However, when observed closely, it is appreciated that these objects are above all ceramics, a quality they never lose.
The gravitational axis of each piece has as its apex not a mouth but a minimal simile of it, a kind of volcano's eye through which no longer come the harsh vapors of cooking. These tense openings in the curved horizon of the work defend for the last time the memory of function and through them seem to announce an interior magma that remains silent, like the work and the entire system of forms. The monumental proportion maintained in the relationship between the mass and the tiny mouth opening reconciles us with fiction. Monumentality with which is obtained, in the volumes, an effect of spatial depth of the surfaces almost as if, along with the rotation movement, we observed from a distant point the continents and seas of a planet. This remote and moving entity into which Gisela Tello's ceramics have transformed would not achieve such a degree of poetic suggestion if the same standard were not associated with that monumentality that inserts into the surface of each piece a minimal hole intended to materialize the image of that progenitor function that is at the origin of all ceramics: The fact that, before being an art object, it was a common and ordinary container. That minimal hole, like the upper navel of consciousness, is the center of the composition, principle and ceiling of Gisela Tello's language. From there, dragging us into the serenity of the vertigo that its still movement arouses, and in which all silence grows, the Word speaks to us.”